Blog

23 de abril: un homenaje a la lectura

por Guadalupe Jover y Mª Ángeles Rodriguez*


El IES <<Azorín>> de Elda-Pretel celebra el Día del Libro, el 23 de abril, por todo lo alto. Para ellos la jornada constituye un homenaje a los libros y a la relación que se establece entre obras y lectores. Por este motivo, profesores y alumnos se afanan en escoger el fragmento de un libro que leerán ese día a sus compañeros. Es todo un ritual, cuyos preparativos se disfrutan tanto como la ceremonia final.

<<Puedes leer lo que quieras: cualquier tema, cualquier género, cualquier tono, cualquier lengua. La única condición es que te guste a ti y que la lectura no sobrepase el minuto y medio>>. Así acaba la invitación que, año tras año, hacemos, casi de uno en uno, a todo el profesorado, alumnado y personal no docente del IES <<Azorín.»

Y es que el 23 de abril ha acabado por convertirse en la fiesta grande del curso académico. En torno a las doce del mediodía y hasta las dos de la tarde, nos reunimos en el salón de actos todos los que queremos participar en este homenaje al libro, a los libros. Y también se rinde homenaje a los lectores y a la lectura. Porque, a diferencia de lo que ocurre con la ya tradicional lectura en voz alta del Quijote, aquí el centro de atención no está tanto en el libro, como en el encuentro entre éste y el lector. Se resalta el hecho de que cada uno haya escogido, entre los miles de textos posibles, uno solo, y haya querido compartirlo con los demás para ofrecer algo de sí mismo o bien descubrir a los otros el latido de unas líneas con las que tal vez nunca habían tropezado.

Los secretos de un ritual

Quienes ya conocen el rito tienen latente su recuerdo durante todo el año y quizá cuando allá por octubre cae determinado poema, o cuento, o ensayo en sus manos, se dicen: <<‘Este es. Esto es lo que leeré este año>>. Y la decisión ya está tomada. Otros, aun conocedores de la cita anual, zozobran hasta el final dubitativos, esperando un impulso de última hora que les arrastre hacia uno de esos dos o tres textos que tienen en cabeza, pero que no saben con cuál quedarse. ¿Qué leer? ¿Lo que a uno le bulle por dentro, y necesita arrancarse del alma? ¿O algo más bien que sorprenda, que inquiete, que invite a la reflexión al auditorio?

Si para unos, decíamos, la celebración del 23 de abril constituye un rito, para otros no deja de ser una sorpresa. Así ocurre con los alumnos y alumnas llegados ese mismo año al centro, o con los profesores aún con plaza provisional que no lo han vivido en años anteriores. <<Pero, ¿qué hay que leer?>>, preguntan. <<Lo que quieras. Algo que te apetezca leernos a los demás por los motivos que sea. Y esos motivos te los puedes callar, o nos los puedes explicar en una breve presentación. Pues la lectura puede ir precedida de unas palabras en que, o bien te limitas a decir el nombre del autor y la obra de donde has extraído tu texto, o bien comentas el motivo de tu elección, por qué ha sido ése y no otro el texto que has elegido para compartir con nosotros. Puede ser un texto de física o de biología, un poema o un cuento breve, un fragmento de la Biblia o de una tragedia griega… Lo que quieras.>>

Unos aceptan, otros declinan la invitación. Al final, acostumbramos a ser unos 40 o 45 -entre profesores y alumnos y, normalmente, repartidos al cincuenta por ciento-, quienes nos comprometemos a participar como lectores. El resto también lo hará, aunque en calidad de auditorio. Y así, la semana previa al 23 de abril, todas las tardes hay ensayos. Ensayos un tanto caóticos, es cierto, ya que, salvo tres o cuatro coordinadores del acto que procuran estar presentes todos los días, el resto se va distribuyendo para que dichos ensayos no resulten muy pesados. Solemos pedir que cada uno acuda un par de días, y si nos puede decir de antemano a qué hora le viene bien, procuraremos que no tenga que esperar mucho. Es cierto que a algunos les gusta pasar allí la tarde, y repetir al día siguiente, y así se teje una alegre red de complicidades. Solicitamos también la colaboración de los alumnos que saben tocar algún instrumento, porque cada lectura va acompañada de la interpretación de una pieza musical. Flautas, guitarras, órganos, violines… cada instrumento se selecciona en función de su adecuación al carácter del texto que ha de acompañar. Se prueba un instrumento, otro… Se opina acerca de si tal pieza absorbe demasiado la atención frente a un recitado… Algunas parejas de lectores y músicos vienen sugeridas por los propios participantes, porque quieren proyectar en esa fusión de melodía y palabra todo un complejo de afinidades o afectos. Son días entrañables, los de los ensayos.

Al mismo tiempo, se organizan otras actividades: los alumnos empapelan literalmente el centro con frases sacadas de aquí y allá, con versos que les han emocionado, con máximas de pensadores o de agitadores. En algunas clases, y también entre los profesores, se han intercambiado previamente pequeñas tarjetas de acuerdo con las normas del <<amigo invisible>> para que el mismo día 23 podamos regalar un libro y recibir otro con alguna dedicatoria escondida entre sus páginas…

El gran día

Y el día 23, con toda la solemnidad que la fecha requiere, sobre un escenario engalanado para la ocasión y lleno de libros, con un patio de butacas abarrotado de chicos y chicas que asisten porque quieren, pues allí no va nadie por obligación, empieza nuestro homenaje a los libros.

Tras una breve presentación del acto, que nos enmudece a todos y crea una atmósfera contenida de emoción y júbilo, comenzamos, uno tras otro, a subir al escenario. Al confeccionar el pequeño programa que ofrecemos a la entrada, hemos procurado ir alternando voces femeninas y masculinas, verso y prosa, ficción y no ficción, lecturas de profesores y lecturas de alumnos, unas lenguas y otras. Es ya casi una tradición empezar por algo de los griegos- siempre hay alguien dispuesto a leernos algún fragmento de la Ilíada o la Odisea, de Platón o de Aristófanes-, que se lee, claro está, en griego clásico, acompañado de la traducción al castellano. Esto no será insólito. Aunque muchos textos se leen traducidos, otros se leen en sus lenguas originales: escuchamos el latín en versos de Catulo o de Ovidio, el inglés de Shakespeare o de Allan Poe, el francés de Prevert o Saint Exupèry, el italiano de Rodari o Calvino, y por supuesto, a Salvador Espriu, a Joan Fuster, a Lluís Llach los escuchamos en catalán… Se lee tal vez el Génesis o el Eclesiastés, a Lorca o León Felipe, a Cavanilles o Henri Poincaré, a Indro Montanelli o Manuel Vicent, a Benedetti o Neruda, a Jorge Wagensberg o Laín Entralgo, a Cervantes o don Antonio Machado… Solemos acabar con una pequeña dramatización que, tradicionalmente, corre a cargo de dos de los profesores de teatro del instituto, quienes nos hacen reír hasta saltársenos las lágrimas con sus interpretaciones de algún episodio del Quijote, de un poema de Alberti o unos diálogos de Jorge Edwards, por recordar lo vivido los tres últimos años.

Finalizado el acto, nadie se mueve de su butaca. Es como si no quisiéramos que aquello se acabara, y tuviéramos ganas de que nos leyeran más y más. Pocas veces tendremos una convicción tan profunda de que son los libros los que nos acercan a la entraña de los otros. Por eso, porque no queremos separarnos aún, porque queremos prolongar el momento, vamos todos, lectores y músicos, a comer juntos a la cantina del instituto, aunque sea un bocadillo. Lo importante es poder revivir, recordar, almacenar en la memoria anécdotas e impresiones; conversar sobre los libros. Y siempre hay quien dice, que aunque al año siguiente esté en otro centro, que por favor le avisemos, que no quiere perdérselo. Y tal vez esos, los que se van, se acuerden siempre de aquel 23 de abril en que la celebración del Día del Libro fue algo hondamente vivido y compartido.

* Guadalupe Jover y Mª Ángeles Rodríguez son profesoras en el IES «Azorín» de Elda-Petrel (Alicante).

X