A los niños les gusta la poesía, ¿o no?

Antonio García Teijeiro*

¿Es importante saber si a los niños les gusta la poesía?, se pregunta el autor. Y concluye que lo realmente interesante es que la poesía viva al lado de los niños, conviva con sus intereses y ellos lleguen a perderse por sus encantos.
Que la poesía los convierta en dueños de sus propias palabras, en creadores de sus propias imágenes.

Y uno se pregunta: ¿les gusta la poesía a los niños? Y uno responde: no, claro que no. Les aburre. No se acercan a ella. No se paran. No son conscientes de que los trabalenguas, los juegos, las adivinanzas… ¡son poesía! Porque eso sí les gusta.
¿Tienen que pararse a pensar? Yo creo que no. Hay que acercársela y hacérsela disfrutar.
Al principio se comportan como los adultos; si a ellos les cuesta, a los niños, más. En principio, repiten los mismos comportamientos, los mismos sentimientos y dicen: no estoy preparado. Es algo cursi. No me hables de sentimientos. Me aburre. Y yo les leo:

«Me digo y me retedigo.
¡Qué tonto!
Ya te lo has tirado todo.
Y ya no tienes amigo,
Por tonto. Que aquel amigo
tan sólo iba contigo
porque eres tonto.
¡Qué tonto!
Y ya nadie te hace caso,
ni tu novia, ni tu hermano,
ni la hermana de tu amigo,
porque eres tonto.
¡Qué tonto!
Me digo y me lo redigo…»

Y se ríen y hay bullicio.

Pero ¿te gusta la poesía? Si, sí, no, no.

¿Necesitan mediadores?

Y uno es poeta y cuando era niño no amaba la poesía. Nadie amaba la poesía, nos aburría. Y uno es poeta (que antes no amaba la poesía) hasta que: música/poesía produjeron un cambio. Paco Ibáñez/Serrat. He aquí los mediadores.
Los niños necesitan mediadores. ¿Necesitan mediadores? ¿Creemos en los cuentos de hadas? Yo, no. Al menos en los cuentos en que los niños juegan por ellos mismos con las palabras, con los poemas.
¿De dónde sale esa capacidad de jugar con las palabras? Porque sí juegan… y se dejan llevar por la musicalidad de las palabras.
Y uno se plantea muchas cosas. Es poeta/ama la poesía, pero no la amaba; juega con la poesía/pero no jugaba; utiliza la poesía/pero no la utilizaba.
Uno quiere romper cadenas, crear nuevos paisajes, inventar situaciones en las que los niños valoren y vivan la poesía y se emocionen con ella, con su ritmo, con su música, con sus disparates.
Y entonces pierde su aire de ingenuo y se pone serio. Utiliza la cabeza. Abandona el corazón durante un tiempo. Y se pone a reflexionar. Y reflexiona: ¿Es importante saber si a los niños les gusta la poesía?
Y uno duda.
Lo importante, decide uno tras pensar, es que la poesía viva al lado de los niños, conviva con sus intereses y ellos lleguen a perderse por sus encantos.
Les dé sentido sin que sean conscientes. Los convierta en dueños de sus propias palabras. En creadores de sus propias imágenes. En inventores de sus propios juegos de palabras.
Y reflexiono: necesitan un mediador y yo tengo que ser el mediador.
Pero yo no quiero poetas. Quiero personas que amen o no odien la poesía.
Y les gusta lo que les dices.
Y les lees poesía popular. Vuelves al principio, a tu principio, al de ellos, al de todos:

«Levita, levitón,
tres pitas e un capón
O capón estaba morto
e as galiñas no horto.
Tris tras
cabaleiro
fóra estás.»

Y les dices que es poesía. Te miran con desconcierto. Y les dices que hay personas que a partir de la tradición oral escriben para ellos. Y les lees:

«Había una nenita en Tacuarí
que solamente hablaba con. la i.
¡Qué papelón, un día
delante de su tía,
en lugar de «papá», dijo «pipí»!»

A ellos los consideran poetas. A ti, no. Tú eres el profesor, el mediador. Y entonces creas el ambiente necesario para que la poesía tenga vida propia al margen del ambiente didáctico que la dinámica pedagógica de la clase posee. Sacas los poemas del libro de texto, llenas paredes de poemas, creas hogueras para alimentar con poemas o árboles cuyas hojas son poemas y les pones poemas en música. Y les rememoras el poema de Antonio Machado Recuerdo infantil:

«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón.
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de 1a lluvia en los cristales.»

¿Es aburrida?

Y van a leer individual y colectivamente. Con ritmo. Con sencillez. Con toda esa fuerza expresiva que tienen las palabras. Con la ilusión que produce decir en voz alta algo que va a cobrar vida en el aire, en nuestro corazón. Y escaparán de la monotonía, aunque llueva tras los cristales.
Y les hablas de poetas que sin pensar en escribir específica1nente para ellos pueden ser gozados/entendidos. Pueden identificarse con sus sentimientos expresados en los versos. Y hasta descubres que muchos de ellos también escribieron para niños. Y les comentas algo de su vida, algo que los enganche.

«… Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse, le vieron llorar.
» Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…»
golpe a golpe, verso a verso…
Cuando el jilguero no puede cantar
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
» Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…»,
golpe a golpe, verso a verso.»

Una niña está llorando mientras escucha la canción, la explicación, la desventura de Antonio Machado. Y entonces notas que algo se mueve. Y percibes un enorme respeto por la poesía. Pasamos de lo lúdico a lo íntimo, de1a anécdota al sentimiento y sin perder frescura, que es lo importante sin sacralizar nada pero… también sin banalizarlo.
Y escogen fragmentos de poemas, de versos. Y reflexionan. Y crean, porque fueron repitiendo fórmulas por escrito mientras se producía el acercamiento a la poesía.
Y tras reflexionar escriben lo que es para ellos la poesía:
– «Poesía me produce sensaciones felices pero también rabia, dolor, crítica social.»
– «No me gustaba. Desde que comenzamos a cantar los poemas en canción me encanta.»
– «Poder jugar con las palabras. Crear poemas divertidos, disparatados, tristes.»
– «Poesía es algo que expresa sentimientos, que transmite estados de ánimo a los lectores, expresa emociones.»
– «Me gusta más escucharla que leerla. Me encanta su musicalidad.»
– «Ahora me gusta. La leo despacio, con calma. Antes no le encontraba sentido.»
– «Sólo me gusta la poesía de amor. Estoy enamorada.»
– «Me sirve de desahogo, sobre todo en el amor y no creo que sea algo cursi y estúpido.»
– «Me gusta la poesía porque siempre hay un poema para cada episodio de tu vida y para cada experiencia de la misma.»
– «Me gusta leer poesía por la noche. Se la leo a mi madre y ella sonríe. Y la sonrisa de mi madre me parece un poema.»

Pero a algunos no les gusta la poesía. La consideran aburrida y uno dice: «Prefiero expresar los sentimientos directamente sin imágenes que me parecen falsas». «No refleja los sentimientos», como dicen algunos. «La vida es una experiencia. ¿Para qué quieres escribirlo? No se puede pasar el tiempo escribiendo cosas que deseas pero que no te atreves a hacer», dicen otros. «Es una forma sin más de escribir. La emoción no es sincera», afirma uno que no se anda por las ramas.

¿Para qué sirve?

A los que les gusta no sé si les gustará tanto como dicen, pero no la van a odiar. La van a respetar. Ya lo hacen. Y siendo mayores no le tienen miedo (como los adultos). Y entonces vuelves a reflexionar en plan serio.
Tras leer, escribir, escuchar, observar, valorar opiniones creo tener claras algunas cosas (aunque si lo vuelvo a penar, tal vez ya dejan de estar claras): cosas del corazón, la cabeza y demás. Y uno cree tener claro:
– Que la poesía tiene la finalidad (¿finalidad la poesía?), entre otras muchas, de que las personas veamos la vida de distintas maneras y de que la podamos vivir/sentir de la forma más enriquecedora; esto es algo que me preocupa que sea así.
Que la poesía es algo positivo (útil, no utilitarista) y educa/afina la sensibilidad, te permite ver las cosas desde ángulos diversos, fomenta el espíritu crítico y te hace gozar con la fuerza, la magia, la picardía de las palabras me resulta evidente. No dudo de su valor lúdico y como dicen los chavales de esa expresión de sentimientos en la que todos coinciden.

¿Es contagiosa la pasión por la poesía?

Y pese al entusiasmo con que inundo mi entorno cuando de poesía hablamos: ¿Les gusta a los niños la poesía? No me fío mucho de sus respuestas. ¿O tengo que fiarme?
Se produce una evolución de la poesía popular hasta la de autor; paralelamente recitan, leen, escenifican, escriben y da la sensación de que a los niños les gusta la poesía. Uno se pone eufórico y tajantemente afirma con decisión que sí. Si luego vuelves a reflexionar te entran miedos. ¿Se prolonga este estado eufórico, a lo largo de los años? ¿Son capaces de leer de manera autónoma los poemas? La mano del mediador desaparece y ¿qué queda? ¿Conjugamos el verbo contagiar? Dudas y respuestas vagas.
Pero si el mediador les acerca esa poesía y alumnos sin afinidades son capaces de decir cosas como ésta: «Desde luego para mí la poesía es la 6ª maravilla del mundo. Me gusta porque con ella puedo expresar sentimientos y cuando la leo de otros autores me transmiten sus emociones y pensamientos. Para mí es el arte de expresar todo lo que no puedes decir, todo lo que llevas guardado dentro. Y todo lo que sientes.»
«La poesía es vida, es agua, es viento, es amor; la poesía es todo.» Uno, sin saber si se está engañando, mira hacia delante y afirma que sí. No soy un optimista, pero digo que sí. No vivo en un mundo idealizado, pero digo que sí. Algunos pensaran que soy un ingenuo … Hombre, algo sí, afortunadamente, pero no tanto. Y me atrevo a decir que hay que hacer que les guste.
El mediador conjugará con ellos el verbo contagiar: Intentará hacer que los niños amen la poesía, nunca intentará hacer de ellos poetas (como dice Janer Manila). Y alguien, ese mediador:
– Les transmitirá la belleza que se puede deslizar por un verso.
– Hará de la palabra poética un elemento lúdico y estético que divierta y emocione.
– Fomentará la creación de momentos de intensidad poética (reflexiones, creación, conocimiento de poetas, vida y anécdotas que enganchen.)
– Hará de la palabra un juguete que se puede transformar, romper, recrear; que les hará reír y jugar.
– Presentará el lenguaje poético como algo rico, preciso, precioso, pero también provocador y le dará a los elementos sonoros, rítmicos, luminosos u olorosos un protagonismo especial.
Y ellos han de notar que ese mediador cree en lo que dice, en lo que hace; hará de la autenticidad y de la espontaneidad una evidencia.

¿En qué quedamos?

Y cuando se cree esa atmósfera favorable y el niño se pierda por los vericuetos de la creación poética, por el mar de las palabras hermosas, por la trepidación de las imágenes concebidas en la belleza sin perder de vista el horizonte de la emoción y la comunicación, a uno no le queda más remedio que decir que al niño sí le gusta la poesía a diferencia del adulto (el gran problema) que le tiene miedo, la respeta pero no se acerca, la ridiculiza con inconsciencia, la deja pasar delante de él pero mirando hacia ella de reojo.
Y si al niño, tras hacer todo esto, no le gusta la poesía, tampoco la va a odiar, porque no fue para él un paso de la poesía popular al comentario de textos. Y siempre dejará una puerta abierta para que un día, casi sin avisar se le cuele un poema en su vida y ¡quién sabe si más de un poeta para siempre!
A los niños les gusta la poesía ¿sí o no? A los adultos les gusta la poesía ¿sí o no? Todos debemos tener confianza en el valor de la palabra, amaremos la palabra, vestiremos y desnudaremos la palabra, le daremos cariño a la palabra, nos agarraremos a ella y le pediremos al viento que nos la devuelva cuando en un momento de crueldad infinita nos la robe.

«Que as traia de novo,
que quero berralas,
que quero dicilas
ben forte as palabras.
Levounas o vento
a cambio de nada.
Deixoume unhas follas,
rumores, borralla.
Palabras fermosas.
Palabras gastadas.
Palabras. Palabras.
No vento zoaban.»

*Antonio García Teijeiro es poeta, crítico y especialista en LIJ. El texto es parte de la conferencia que dio en el Congreso de Poesía Infantil.

Artículo publicado en el número 157 de CLIJ (febrero del 2003), dentro del especial “Poesía y narración oral”. Disponible haciendo click aquí