Aunque no es posible hablar de literatura juvenil amorosa como género, el tema del amor -con diferentes tratamientos e intenciones y con mayor o menor claridad o ambigüedad- está presente en la narrativa para jóvenes. El autor de este artículo propone, sin afán de exhaustividad, un análisis de las obras que abordan esta temática en la actualidad, sin olvidar a los siempre recurrentes clásicos y, curiosamente, a dos autores que iniciaron a toda una generación de lectores españoles en las cosas del querer: Martín Vigil y Michel Quoist.
“Supongo que está usted lelo por ella, como ocurre con la gente en los libros…”

La frase es de Guillermo Brown, a propósito de cualquiera de los para él incomprensibles y ridículos amoríos de sus hermanos mayores, y expresa a la perfección, como tantas otras en la voluminosa obra de Richmal Crompton, la postura de un niño de once años frente al hecho del enamoramiento y, en general, frente a todo lo que pueda oler a sentimentalismo más o menos exacerbado.
Lo curioso es que esa actitud, característica, a tal edad, parece haber impregnado, a modo de dogma tácito, a los propios autores de libros dirigidos también a los jóvenes: una simple ojeada al panorama de la literatura juvenil actual arroja un balance casi desolador por lo que se refiere a los relatos que pudiésemos considerar «de amor», aun con todas las cautelas. Hay muy pocas narraciones en las que el amor sea eje argumental y son pocas también las que, centradas en otros asuntos, aborden el hecho de forma relevante aunque episódica
Puede que el problema tenga que ver con la definición misma, tan problemática de la literatura juvenil en sí. El concepto de lo infantil está hasta cierto punto claro aunque en ocasiones se llegue a él por pura decantación o por eliminaciones sucesivas. En lo «juvenil», en cambio, queda una vasta zona oscura, difícil de delimitar, en la que todavía vale lo infantil, en algunos casos, pero también empieza a valer, lo adulto, en otros. Y como, justamente, el llamado «primer amor» puede ser en la práctica el síntoma más visible del paso de una edad a otra, resulta que ese acontecimiento sufre las consecuencias de todas las ambigüedades, titubeos e inseguridades de quienes escriben pensando en el lector joven.
Y, hablando de inseguridades, no estará de más recordar que el lenguaje de los sentimientos, y en concreto el del amor sigue siendo el más reacio a evolucionar, el menos capaz de asumir nuevas formas, acordes con las transformaciones evidentes en todos los aspectos de las sociedades modernas. En plena era audiovisual e informática, en un memento de aparatosa modificación de las costumbres, las relaciones interpersonales, y de modo muy particular las íntimas, permanecen esclavas de un puñado de fórmulas añejas, devaluadas por el uso el abuso, pero por lo visto difíciles de sustituir. Si desde el «te quiero» de la más blanca de las historias amorosas hasta el esforzado retorcimiento fisiológica de la literatura pornográfica padecen la misma escasez de recursos expresivos eficaces, ¿cómo va a poder contar un adulto con comodidad una historia de amor entre jóvenes que, definitivamente, tampoco son ya como era el mismo hace unos años?
Por unas razones y por otras, que sería largo enumerar, no parece que pueda hablarse de la literatura amorosa para jóvenes como de un género consolidado, al estilo de la aventura la ciencia-ficción o cualquier otro. Ni siquiera resulta posible ensayar una tipología rigurosa, una descripción analítica de lugares comunes, situaciones características o recursos de estilo, en un terreno que, muy lejos de constituir un corpus, está compuesta por islotes inconexos que a veces es preciso rastrear con lupa y al que nos acercamos aquí de manera introductoria, sin el menor afán de exhaustividad.
El recurso a los clásicos
Llama la atención, por ejemplo, el menos conocido, aunque presente también en varias colecciones, el hecho de que en la mayoría de las grandes colecciones de literatura expresamente dirigidas a lectores jóvenes, que en los últimos años han alcanzado un notable auge al compás de las innovaciones introducidas en los mecanismos comerciales de distribución y venta (volúmenes de aparición, periódica, coleccionables de quiosco, etc.) entre los escasos títulos de tema amoroso dominan ampliamente las reediciones de novelas clásicas, de extracción romántica sobre todo y que se consideran suficientemente inocuas como para incluirlas en catálogos juveniles. No vamos a detenernos en ellas, porque se trata de obras ya estudiadas hasta en los manuales académicos, y porque todo parece indicar, asimismo, que la temática de amor es también la que peor resiste el paso del tiempo frente a la sensibilidad de las nuevas generaciones de lectores.
El género de aventuras, por ejemplo, admite bien la atemporalidad en uno y otro sentido: una acción adecuadamente desarrollada puede resultar apasionante, tanto si se sitúa en la más idílica o idealizada de las épocas pasadas como si tiene por escenario las más futuristas construcciones cibernéticas o intergalácticas.
Una historia de amor decimonónica, en cambio, corre el riesgo de cargar, a los ojos de un lector de hoy, con el lastre polvoriento de la lectura más o menos obligada, necesaria en todo caso por razones ajenas al disfrute y poco placentera en sí misma. El panteón de las obras consagradas es poco propicio para la inmediatez y la frescura, incluso puramente “informativa” que muchas veces busca el lector que se inicia en estos temas. Entre tanta Dama de las camelias, y tantas Cumbres borrascosas, merecería la pena citar en este apartado, quizá por menos conocido, aunque presente también en varias colecciones, el relato de Iván Turguénev, Primer amor, trágica historia del despertar amoroso de un joven ruso de posición acomodada en contacto con una hermosa princesa venida a menos, hasta acabar descubriendo que el amante oculto de ella es el propio padre del protagonista. El conflicto desemboca en varias muertes, como no podía ser menos, y el encuentro inicial con el amor se tiñe de culpabilidades y de desesperanzas, cosa frecuente en este tipo de obras.
El amor como excusa
Ya en la literatura expresamente creada para jóvenes aparecen también algunas novelas en las que el amor ocupa un lugar central, pero donde resulta difícil descubrir que se trata de un puro pretexto argumental al servicio de una intención «formativa», claramente moralizante. De la concepción del amor como un peligro, a la apología cerrada de una «pureza» de viejo cuño y al despliegue de una confesionalidad religiosa más o menos solapada, no suele haber más que un paso, que se da con notable frecuencia. La bibliografía española tiene en este apartado un precedente «glorioso» en aquella célebre La vida sale al encuentro, de Martín Vigil, que, junto con las dos obras simétricas de Michel Quoist, Amor, diario de Daniel y Dar, diario de Ana María, sirvieron para iniciar a toda una generación en las cosas del querer, con un estilo literario y una orientación ideológica que hoy sonrojan a cualquiera, pero que dan también que pensar a la vista de su éxito arrollador en un momento dado y de la persistencia de sus secuelas en el tiempo. Porque si los títulos de Quoist se insertaban en una forma específica de narración para jóvenes, la forma del «diario íntimo», que se ha mantenido vigente hasta la actualidad, aunque con tendencias de fondo muy distintas, en obras como Querido Bruce Springsteen, de Kevin Major, el Diario de un joven maniático, de Macfarlane y McPherson, o El tigre de Mary Plexiglàs de Miguel Obiols, el peculiar didactismo sermoneante de un Martín puede haberse modernizado exteriormente, hasta llegar al desenfado en el tratamiento de temas «escabrosos»-a la vez que muy comerciales-, pero su moralismo intrínseco sigue vivo en bastantes obras de hoy, empeñadas en unir indisolublemente el amor humano con la religión y los sentimientos positivos con la culpabilidad…
El amor remoto
Hay una forma más elaborada y literariamente productiva de abordar el amor juvenil que insiste, con llamativa frecuencia, en situar las historias en tiempos o en lugares lejanos o indefinidos, renunciando a cualquier contextualización reconocible para el lector e insertando el hecho amoroso en una esfera vaporosa, intangible. Así, por ejemplo, La alquimia del corazón, de Eusebia Rayó, recupera los tópicos del cuento mágico para presentar una doble peripecia de amor entre un enano y una dama convertida en árbol, por una parte, y un príncipe jorobado y una princesa maravillosa, por otro, en un escenario medieval. O La kumari, de Mariano Vara, que narra el amor rendido de un sirviente hacia la diosa-niña del Katmandú, que deja de ser ambas cosas a la vez cuando experimenta la primera menstruación. O incluso La llamada del muecín, de Helen Keiser, que plantea el apasionante problema de la transculturación entre parejas, a través de las dificultades de una joven alemana actual que decide casarse con un médico iraquí, rompiendo prácticamente con su familia, se va a vivir con él a Oriente Medio… A un Oriente Medio, sin embargo, donde no existan por lo visto guerras ni otros conflictos que no sean los del conservadurismo de las familias árabes y donde los beduinos del desierto llevan una vida apacible, sugerente y cuajada de atractivos para la protagonista…
El amor de ahora
No deben confundirse con esa idealización voluntaria aquellos otros relatos que tratan de concretar con precisión las circunstancias en que se desarrollan, e incluso de abordar problemas de verdadera y real actualidad para sus lectores, pero que al publicarse en países del suyo de origen sufren un inevitable efecto de distanciamiento. Este efecto es particularmente frecuente en países como España, donde, en ésta como en otras vertientes de la literatura infantil y juvenil, aparecen muchas más traducciones que creaciones autóctonas. Así, resulta lejana para el lector español una historia como la de Camila, de Madeleine L’Engle, densa y estimulante crónica de la maduración de una adolescente, en la encrucijada de los conflictos entre sus padres (uno de los elementos argumentales más frecuentes de la literatura juvenil actual) las relaciones con sus compañeras, el descubrimiento del amor, la filosofía trascendentalista, a la que antes aludíamos y hasta las repercusiones de la guerra de Vietnam… ambientado todo ello en el Manhattan de hoy. O Yamila, de Chingiz Aitmatov, una de las más bellas historias de amor adolescente, que es curiosamente una historia de amor «ajeno», puesto que el protagonista narra en primera persona la fascinación que empieza a sentir por la joven esposa de su hermano ausente, pero después se centra, con un lirismo y una proximidad a la tierra admirables, en las tímidas relaciones de aquella con un compañero común. Y todo eso sucede en la lejana Kirguisa, región natal del autor de la novela.
Más cercana puede resultar, por muchos conceptos, otra novela que guarda cierto paralelismo con esta, aunque literariamente resulte inferior: María de Amoreira, de Luce Fillol. Otra vez el campo. En este caso, una de las regiones más deprimidas de Portugal. María conoce a un pescador de Nazaré y se enamora de él. Las circunstancias familiares, minuciosamente descritas, les separan, y la penuria y el abatimiento impulsan a María a emigrar clandestinamente a Francia donde conocerá la zozobra del desarraigo y la marginación. Un final feliz, quizá excesivamente forzado, quita hierro a uno de los pocos relatos juveniles en los que el amor se inserta de lleno en la vida cotidiana.
Como cotidianas quieren ser también las obras cortas de la escritora sueca Kerstin Thornvall, probablemente dirigidas a un lector más infantil que juvenil pero que abordan con un enfoque muy peculiar los problemas del amor entre niños de siete u ocho años, en el marco de la tradicional guerra de los sexos y con frecuentes referencias a las parejas jóvenes que han decidido vivir de otra manera en una sociedad opulenta. En Peter conoce a Cecilia, por ejemplo, Kerstin Thornvall bombardea con suavidad y encanto el viejo tópico de «los niños con los niños, las niñas con las niñas», y en Jonás se enamora, va más lejos y plantea un caso de enamoramiento infantil cuyo «fracaso» conducirá al protagonista masculino a buscar compañeros de juego de su mismo sexo, subvirtiendo así el dogma establecido que pretende que los niños primero odian a las niñas, amparados en el calor de la pandilla, y después se enamoran de ellas, iniciando el lento camino hacia el aislamiento por parejas.
La travesía del desierto
Al comprobar que en otro relato breve como Ben quiere a Ana, del alemán Peter Härtling, se plantea también sin ambages una franca, emotiva y detallista relación amorosa entre dos niños de apenas diez años, cabe la tentación de creer que a muchos autores actuales les resulta más fácil enfrentarse a unas relaciones quizá excepcionales por su precocidad que entrar de lleno y con todos sus riesgos en el hecho que, sin duda alguna, ocupa el centro de las preocupaciones, los temores y los entusiasmos del público juvenil al que desean dirigirse.
Y así podría ocurrir que, en un momento de auge tanto cuantitativo como cualitativo de la literatura específicamente infantil, la entrada de los lectores en la adolescencia supusiera una especie de ardua e inexplicable travesía del desierto literario, por lo que al tema del amor se refiere, cuya salida final viniese dada, en rigurosa y lamentable separación de sexos, para las chicas por la recuperación de la subliteratura rosa de consumo -porque un apresurado sondeo estadístico en librerías demuestra que ese género, como el de las fotonovelas, sigue gozando del favor de muchas lectoras- y para los chicos por el abandono puro y simple de la letra impresa o, quizá, por la elección de la pornografía como banco de datos en una materia de primera necesidad. Salvo muy honrosas excepciones, los libros confirman la apreciación de Guillermo Brown: enamorarse es volverse «lelo». O, en palabras de los protagonistas de la obra citada de Hartling:
«Oye, Helger, ¿cómo es estar enamorado?». Respuesta: «¿Estás chalado, enano?»
por Juan Antonio Pérez Millán.
Referencias
Aitmatov, Ch.: Yamila, Léguez Ediciones, Salamanca, 1936 (2o).
Fillol, L.: María de Amoreira, Ediciones. SM, Madrid, 1986 (4a).
Härtling. P.: Ben quiere a Ana, Alfaguara, Madrid, 1985 (3a).
Keiser, H.: La llamada del muecín, Ediciones SM, Madrid, 1987.
L’Engle. M.: Camila, Alfaguara, Madrid, 1987.
Macfarlane, A.-McPherson, A.: Diario de un joven maniático, Plaza Joven, Barcelona, 1988.
Major. K.: Querido Bruce Springsteen, Ediciones B, Barcelona, 1983.
Obiols, M.: El tigre de Mary Plexiglàs, Laia, Barcelona, 1987.
Rayó, E.: La alquimia del corazón, La Galera, Barcelona, 1987.
Thornvall, K.: Peter conoce a Cecilia, Alfaguara, Madrid, 1987.
Thornvall, K.: Jonás se enamora, Alfaguara, Madrid, 1987.
Turguénev, I.: Primer amor, Bruguera, Barcelona, 1981 y Anaya, Madrid, 1988.
Vara, M.: La kumari, Altea, Madrid, 1988.
Texto extraído de la Revista CLIJ 4











