

Recuerdo cuando era niño y me compré un cómic de Groo el errante, de Sergio Aragonés. No conocía el personaje, pero me llamó la atención. Cuando vi su dibujo tan sencillo, suelto y hecho a plumilla pensé: «¿Esto sirve? ¡Esto lo puedo hacer yo!». Ya me encantaba dibujar. Hacía copias de la obra de Ibáñez cada vez que tenía un momento, pero aquel hecho fue toda una epifanía. La vida me decía que yo también podía ser dibujante si quisiera, así que le tomé la palabra.
Con el paso de los años, descubrí a todos mis maestros. El estilo renacentista con temática fantástica de Segrelles, las coloridas figuras casi escultóricas de los hermanos Hildebrandt… Descubrí a Corben, Alan Lee, Ted Nashmith, Chichoni, Carlos Nine, etc. Sobre todo, descubrí el placer de contar historias pintándolas.
Con veintipocos años, escribí por placer El mundo de los seres invisibles cómo tantos relatos cortos, guiones y novelas que he escrito simplemente porque opino que el hecho de que alguien no vaya a ver algo no es motivo para que no te diviertas haciéndolo. Así que dejé ese proyecto olvidado. Los años pasaron y con ellos exposiciones (algunas incluso benéficas), muchas pinturas hechas por encargo y muchos trabajos de humor gráfico en los que pude desarrollar, aún más, ese estilo que nació a los once años al leer la obra de Aragonés.
Un día, me propusieron publicar mi primer libro ilustrado. Aproveché la ocasión para ilustrar un poemario de un amigo que fue publicado con imágenes muy dadaístas. En ese momento, cómo si se alinearan los planetas, recordé ese relato que escribí por diversión, pensé en mi estilo de viñeta, pensé en mi estilo pictórico y me pregunté si podría mezclar satisfactoriamente ambos estilos. Y así nació el libro infantil/juvenil El Mundo de los seres invisibles.
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